¿Le hace bien el café a tu corazón?
El café es una de las bebidas más consumidas y estudiadas del planeta, y aun así la respuesta sigue sin ser simple. Un artículo de revisión del European Heart Journal reunió décadas de estudios sobre café y salud del corazón. Aquí te la desgloso, con todo lo que la evidencia sí permite decir y lo que no.
Qué encontró el artículo de revisión
El corazón es un órgano vital, pero rara vez enferma solo. La mayoría de los problemas cardíacos se construyen a lo largo de años, empujados por otras enfermedades de fondo como la presión arterial alta, el colesterol elevado y la diabetes, junto con factores de riesgo como el sedentarismo y el tabaco. Cuando alguien pregunta si algo le hace bien o mal al corazón, en realidad está preguntando por dos cosas distintas: si afecta a esos factores de fondo, y si le hace algo al corazón de forma directa, ahí en el momento. El café toca ambas rutas, y no siempre en la misma dirección.
Filtrar el café evita que te suba el colesterol
El café sin filtrar contiene dos compuestos, llamados cafestol y kahweol, que elevan el colesterol en la sangre. El filtro de papel los retiene. Por eso la cantidad que llega a tu taza depende de cómo lo prepares: el café hervido, el turco, el griego y el de prensa francesa llegan cargados de estos compuestos. El espresso y el de cafetera moka traen cantidades intermedias. El café de goteo, el de manga, el de percolador, el filtrado indio y el instantáneo contienen cantidades muy pequeñas de estos compuestos.
¿Y cuánto puede afectar los niveles de colesterol la forma de preparar el café? Para responderlo se hicieron ensayos donde a las personas se les asignó qué tipo de café tomar, en lugar de simplemente preguntarles qué tomaban. Como resultado, el café filtrado no subió el colesterol frente a no tomar café. El café sin filtrar en cantidad alta, alrededor de seis tazas diarias, sí subió el colesterol LDL comparado con el filtrado, en torno a 0,39 mmol/L. Con el espresso, el efecto parece existir, pero es más pequeño. Eso fue lo que se encontró en un estudio grande del Reino Unido: quienes tomaban dos o más espressos al día tenían el LDL algo más alto que quienes no tomaban ninguno, alrededor de 0,11 mmol/L más en hombres y 0,16 en mujeres.
La idea de que el café favorece la diabetes no aparece en los datos
Se ha reportado que horas después de tomar café, la cafeína reduce la sensibilidad a la insulina, tanto en personas sanas como en personas que ya tienen diabetes tipo 2. Si nos quedáramos solo con esa información, la conclusión sería que el café empeora la diabetes. Sin embargo, cuando se estudió a personas expuestas a cafeína durante períodos más largos, ese efecto adverso desaparece. Lo que sugiere que, con el consumo habitual, el cuerpo desarrolla cierta tolerancia a ese efecto.
A largo plazo, el resultado va en la dirección contraria: el consumo habitual de café se asocia con un menor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2. La primera pista apareció en 2002, en un estudio hecho en Holanda: quienes tomaban más café desarrollaban menos diabetes tipo 2. Ese hallazgo podría haber sido una particularidad de la población holandesa, así que los investigadores fueron a buscar el mismo patrón a otras poblaciones, y este beneficio apareció igual en Estados Unidos, en otros lugares de Europa y en Asia. En conclusión, al juntar 30 de esos estudios, el consumo alto se asoció con alrededor de un 30% menos de riesgo, y la relación es proporcional: cerca de un 6% menos por cada taza diaria.
Hay dos detalles útiles sobre los hallazgos anteriores. El primero es que el café descafeinado da un resultado parecido. Eso complica la explicación más obvia, pensar que la cafeína es la respuesta a los efectos del café. Si sacar la cafeína no cambia mucho el efecto, al menos parte de ese efecto tiene que venir de otro de los cientos de compuestos que tiene el café. Pero esto no descarta la cafeína del todo. Usando un enfoque genético, los investigadores encontraron que las personas cuyos genes las predisponen a tener más cafeína en sangre tenían menor riesgo de diabetes tipo 2, un efecto que parecía funcionar en parte a través de una menor grasa corporal. El segundo detalle es más práctico. Cuando estos estudios hablan de café, hacen referencia al café negro como sustancia. Pero la mayoría de la gente no toma el café negro solo. Muchos le ponen azúcar, leche, crema, edulcorantes, etc. Un análisis reciente encontró que el beneficio se debilita bastante cuando entra azúcar o edulcorante a la taza. Es un detalle importante que se pierde en cualquier titular de los hallazgos científicos.
El café puede subirte la presión, pero el efecto se atenúa con el consumo habitual
Cuando te toman la presión arterial, se obtienen dos valores: uno más alto y otro más bajo. El valor más alto, que suele ser el primero que se registra y que normalmente debería rondar los 120 mmHg, corresponde a la presión sistólica. Esta medida indica la fuerza con la que la sangre ejerce presión sobre las paredes de las arterias cuando el corazón late. Este es el valor que se registró en estos estudios.
En las personas que no son consumidores habituales de café, un espresso triple produjo una subida de doce milímetros de mercurio en la presión sistólica. Es decir, de 120 a 132. En cambio, en quienes beben café todos los días, esa subida no apareció. Y un detalle raro que vale la pena registrar: en las personas no habituadas, el café descafeinado subió la presión de forma parecida al café con cafeína. De nuevo, los hallazgos nos sugieren que la cafeína no es la única responsable.
Cuando se continuó la medición de la presión a lo largo de semanas, el efecto seguía existiendo pero era modesto: alrededor de 2,4 milímetros de mercurio en el valor sistólico y 1,2 en el más bajo, con una dosis de cinco tazas diarias.
Lo interesante llega al mirar años en vez de semanas. En investigaciones que siguieron a más de doscientas mil personas, tomar una o dos tazas al día no se asoció con más riesgo de que te diagnostiquen hipertensión. Y quienes tomaban tres o más tazas diarias de forma habitual tenían un riesgo progresivamente menor.
No se sabe con certeza por qué, a largo plazo, los consumidores habituales de café parecen tener un riesgo progresivamente menor de desarrollar hipertensión, pero existen al menos dos posibles explicaciones. Una tiene un fundamento fisiológico directo: la cafeína puede aumentar temporalmente la eliminación de líquidos y sodio a través de los riñones. La otra no tiene que ver directamente con un efecto del café sobre el corazón. En un ensayo, las personas asignadas a consumir café con cafeína caminaron alrededor de mil pasos más al día. Es posible, por tanto, que parte del beneficio no provenga directamente del café, sino de que su consumo favorece una mayor actividad física. Y sabemos que mantener una actividad física regular puede contribuir a reducir la presión arterial.
El café no descontrola el ritmo del corazón, con una excepción
Durante años, el consejo estándar para alguien con palpitaciones o con riesgo de ritmos cardíacos irregulares fue simple: dejar el café. Esta revisión sugiere que ese consejo tenía bastante menos respaldo científico del que se le atribuía.
En estudios que siguieron a más de quinientas mil personas en el Reino Unido, y también en un estudio grande en Estados Unidos, quienes tomaban más café tenían menos arritmias, no más. Eso incluye la fibrilación auricular, que es la alteración del ritmo más común y la más estudiada en relación al café. Los estudios en conjunto apuntan a que el café no cambia el riesgo de fibrilación, o incluso lo reduce.
Todos estos estudios comparten la misma debilidad: comparan a personas que eligieron tomar café con personas que eligieron no tomarlo. Pero hay otra forma de mirar la pregunta, una que no depende de la elección de nadie. Algunas variantes genéticas hacen que las personas metabolicen la cafeína más rápido, y esas variantes se reparten al azar al nacer, sin relación con si alguien fuma, hace ejercicio o cuida su alimentación. En el UK Biobank, los participantes que cargaban esas variantes efectivamente tomaban más café. Aun así, no apareció ninguna relación entre esas variantes y las arritmias.
La excepción viene del ensayo que realmente puso a prueba qué ocurre cuando se asigna café con cafeína, y es importante justamente por eso.
Se llama CRAVE. Cien voluntarios fueron asignados al azar a tomar o evitar café con cafeína en cada día del estudio, mientras un dispositivo registraba continuamente su ritmo cardíaco. Es decir, no se les preguntó simplemente cuánto café tomaban: se les indicó qué hacer y se comprobó que siguieran esas instrucciones.
En los días en que tomaron café aparecieron más latidos adelantados originados en los ventrículos, las dos cavidades inferiores del corazón, que son las encargadas de impulsar la sangre hacia los pulmones y el resto del cuerpo. El efecto fue más evidente entre quienes tomaron al menos dos cafés ese día. En cambio, los latidos adelantados originados en las aurículas, las dos cavidades superiores del corazón, no aumentaron. Y esto último era, precisamente, lo que el estudio se había propuesto evaluar inicialmente.
Vale la pena entender qué significa este hallazgo y, sobre todo, qué no significa. Los latidos adelantados son relativamente comunes y muchas personas los presentan sin darse cuenta. Además, CRAVE observó únicamente lo que ocurría durante los días en los que los participantes consumían café. El estudio no permite saber qué efecto tendría ese patrón después de años de consumo habitual.
Esa pregunta sigue abierta. Actualmente está en curso un ensayo llamado DECAF, en el que pacientes con fibrilación auricular que están siendo sometidos a una cardioversión, un procedimiento que devuelve el corazón a su ritmo normal, son asignados a tomar café con cafeína durante seis meses o a evitar completamente el café. Sus resultados podrán aportar información sobre si el consumo habitual de café a más largo plazo hace que la arritmia vuelva a aparecer.
La idea de que el café tapa las arterias no aparece en los datos
Durante mucho tiempo se asumió que el café aumentaba el riesgo de enfermedad de las arterias del corazón. Sin embargo, cuando los estudios más recientes ajustaron cuidadosamente por otros factores de riesgo —sobre todo por el tabaquismo—, esa relación no se confirmó.
Al combinar los resultados de 30 estudios que siguieron a personas durante años, el consumo moderado de café se asoció con un menor riesgo de enfermedad de las arterias del corazón. Pero hay un detalle importante: en el nivel más alto de consumo estudiado, alrededor de cinco tazas y media al día, el resultado dejó de ser estadísticamente significativo. La estimación seguía apuntando hacia un menor riesgo, pero el margen de error ya incluía la posibilidad de que no hubiera ningún efecto. No significa que el café pase a ser perjudicial a partir de esa cantidad; significa que los datos ya no permiten afirmar con suficiente certeza que sea beneficioso.
También hay un contrapunto que la revisión no oculta. En un estudio realizado en Noruega, beber nueve o más tazas de café sin filtrar al día se asoció con aproximadamente un 30% más de riesgo de morir por enfermedad de las arterias del corazón. Los propios autores señalan que no está claro si esto refleja un efecto real de un consumo tan elevado o si intervienen otros hábitos —como fumar— que el análisis no consiguió separar por completo.
Y aquí aparece una pieza que todavía falta: el mecanismo. Se ha estudiado si el café mejora o empeora el funcionamiento del endotelio, la capa que recubre el interior de los vasos sanguíneos, pero los resultados son contradictorios. Por ahora tenemos asociaciones que apuntan, en algunos casos, hacia un menor riesgo, pero no una explicación clara de cómo el café produciría ese efecto.
Nadie ha logrado demostrar que el café lleve a la insuficiencia cardíaca
Un estudio antiguo había sugerido que beber cinco o más tazas de café al día podía aumentar el riesgo de insuficiencia cardíaca. Sin embargo, las investigaciones posteriores, varias de ellas grandes y con muchos participantes, encontraron en general que el consumo habitual de café no aumentaba ese riesgo e incluso podía asociarse con un riesgo ligeramente menor. El punto en el que se observó el menor riesgo estuvo alrededor de las cuatro tazas al día.
Pero conviene mirar con cuidado cómo se obtuvo ese resultado. En estos estudios, los casos de insuficiencia cardíaca se identificaron a partir de los códigos administrativos de los registros médicos, en lugar de evaluar clínicamente a cada paciente. Eso significa que, bajo la misma categoría, quedaron agrupados distintos tipos de insuficiencia cardíaca, con causas y características diferentes. El resultado es tranquilizador, pero el dato es bastante más general de lo que podría parecer a primera vista.
El café no parece aumentar el riesgo de accidente cerebrovascular
Todo lo anterior —la presión alta, el colesterol elevado, la diabetes, las arritmias— es factor de riesgo para un accidente cerebrovascular. Si el café se asocia con menos de cada uno de ellos, cabría esperar también menos ACV. Pero había una razón para sospechar lo contrario: la cafeína puede estrechar los vasos sanguíneos del cerebro y reducir temporalmente el flujo de sangre hacia allí, lo que hizo temer que el café aumentara ese riesgo.
Un estudio reciente, que comparó a personas que ya habían tenido un ACV con personas que no, sí encontró más riesgo entre quienes tomaban más de cuatro tazas al día. Pero los estudios que siguieron a las personas hacia adelante en el tiempo llegaron a la conclusión contraria. Un metaanálisis que incluyó más de diez mil casos de ACV encontró que el consumo de café se asociaba con reducciones modestas pero reales del riesgo, y esa reducción seguía presente incluso con ocho tazas diarias. Un análisis más reciente del UK Biobank encontró lo mismo, incluso entre quienes tomaban cuatro tazas o más al día.
En conjunto, la evidencia indica que el café no aumenta el riesgo de accidente cerebrovascular y podría ofrecer una protección modesta.
Estos resultados son sobre café, no sobre cafeína
Como buena parte de los posibles beneficios también aparece con el café descafeinado, los autores son explícitos en algo importante: estos hallazgos no pueden extrapolarse directamente a otras bebidas con cafeína, como el té o las bebidas energéticas. Es necesario estudiarlas por separado.
Lo que sea que esté detrás de los efectos del café, la cafeína por sí sola no parece explicar toda la historia.
Por qué importa: el café y una vieja recomendación médica
El café es una de las bebidas más consumidas del planeta. Cualquier cosa que se diga sobre él afecta millones de decisiones cotidianas.
Pero hay algo más específico. Durante décadas, recomendar reducir el café formó parte del consejo médico habitual para pacientes con presión alta o palpitaciones.
Esta revisión, escrita por dos cardiólogos especializados en electrofisiología, Thomas A. Dewland y Gregory M. Marcus, junto con el epidemiólogo y experto en nutrición Rob M. van Dam, pone en cuestión cuánto respaldo científico tenía realmente esa recomendación.
Los estudios más recientes y de mayor tamaño no muestran el daño cardiovascular que durante años se dio por sentado. En varios aspectos, de hecho, apuntan en la dirección contraria.
Eso importa por el café, pero también por algo más grande: muestra con qué facilidad una recomendación puede mantenerse durante años por la fuerza de la costumbre, incluso cuando la evidencia que la originó deja de ser tan clara.
Lo que no prueba
Casi toda la evidencia que acabas de leer viene de observar a mucha gente durante años y buscar patrones. Nadie asignó a personas a tomar café durante décadas, porque un estudio así sería muy difícil de realizar. En lugar de eso, los investigadores siguen durante años a personas que toman distintas cantidades de café y observan qué ocurre con su salud. Eso permite encontrar patrones, pero no demostrar que el café sea la causa.
Y aquí está el problema. Las personas que toman café no son iguales a las que no lo toman. Pueden diferir en su alimentación, su actividad física, sus hábitos de sueño, si fuman o en muchas otras cosas que son difíciles de medir por completo. Cualquiera de esas diferencias podría influir en el riesgo de desarrollar una enfermedad cardiovascular y hacer que el café parezca más beneficioso de lo que realmente es.
Los propios autores plantean una posibilidad interesante: como el café es una bebida tan común, las personas que nunca lo consumen podrían diferenciarse de los consumidores en otros aspectos que los estudios no consiguen medir del todo. En ese caso, el menor riesgo observado entre quienes toman café podría deberse, al menos en parte, a diferencias entre ambos grupos y no al café en sí.
Hay un hallazgo que escapa en parte a este problema. Una insuficiencia cardíaca o un accidente cerebrovascular pueden quedar mal codificados o pasar desapercibidos en un registro médico, pero una muerte no. Y cuando los investigadores miraron la mortalidad por todas las causas, el patrón se mantuvo: quienes tomaban café de forma habitual tenían menor riesgo de morir durante el período de seguimiento. El café descafeinado mostró reducciones parecidas. Eso no convierte la asociación en causal, pero sí significa que el patrón no es simplemente un artefacto de cómo se registran los diagnósticos.
Tampoco significa que cuanto más café, mejor. La asociación más favorable aparece con un consumo habitual y moderado, aproximadamente entre una y cuatro tazas al día. Con consumos muy altos, esa asociación se debilita o deja de aparecer y, para algunas enfermedades, incluso puede observarse un mayor riesgo. Pero la revisión también advierte que no está claro cuánto de este patrón se debe al café y cuánto podría explicarse por otros factores asociados con un consumo muy elevado.
Así que, si te gusta el café, no parece haber una razón para mirarlo con miedo. Disfrútalo con medida y presta atención también a cómo lo preparas, con qué lo acompañas y qué efecto tiene en tu día. No es lo mismo un café filtrado que uno sin filtrar, ni un café solo que uno cargado de azúcar o crema. Y si el café hace que te muevas un poco más durante el día, como ocurrió en CRAVE, eso también puede formar parte de la historia.
Dewland TA, van Dam RM, Marcus GM. (2025). Coffee and cardiovascular disease. European Heart Journal. https://doi.org/10.1093/eurheartj/ehaf421